«El cazador de guanacos»

Rodrigo Lara Serrano

«Una cosa es suplantar a alguien. Otra, suplantar su escritura. Pero, esto último tiene una vuelta de tuerca: ¿qué se suplanta cuando la escritura “original” no existe? Supongo que ello es parte del eterno malentendido entre quienes encargan un texto y quienes lo llevamos a cabo, los que les damos vida o los que lo convertimos en un mecanismo capaz de convocarla; los escritores fantasmas. Soy uno de ellos. Lo más divertido de todo es que, cerrado el círculo, demasiadas veces, los mandantes se enojan: pusieron en manos de uno a una niña malcriada, dispersa, dada a las confusiones, vaga, mentirosa, poco agraciada, y –horror- no pocas veces siamesa o un embutido de géneros distintos; y cuando la reciben de vuelta, más que correcta, clara, elegante, elocuente y cumplidora, pasan todo esto por alto y preguntan dónde está el parecido (con lo que fantasearon), por la “verdad” del original, incluso por qué el corte de pelo o el peinado de la chica no están a la moda. Imaginaron que uno era el muñeco sumiso y dotado de un ventrílocuo lleno de ideas o ganas, ellos; sin entender que, en este deporte, es el muñeco el que hace hablar a su amo.»