“La primera vez que posé mis ojos sobre”(1) Rafael Millán, fue una mañana gris
del mes de agosto de 2012. Había sido comisionado para enseñarme el uso de
una cámara de video. La clase estaba dividida en tres bloques de diez minutos.
Tras ver los resultados de las tomas en el estudio, el último bloque se trasladó a
un bar cercano.
Tras la tercera ronda de cervezas recalamos en noviembre del 2019, en el futuro
distópico de Los Ángeles de la película de Ridley Scott de 1982 (siempre imaginé
que todo sucedía el día de mi cumpleaños).
Concertamos en la escena en que Deckard, el Blade Runner, analiza una foto,
dándole órdenes verbales a un dispositivo, que posee la facultad de presentarle un
espacio tridimensional con tiros, giros y acercamientos de cámara, imposibles. La
maniobra termina con la foto impresa de la cara de uno de los “portapieles”, que
el exterminador debe “retirar” de las calles.
De esa tesis panóptica, pasamos a las memorias implantadas en esos seres
especulares: los replicantes. Productos de laboratorio, de la biogenética de punta,
hechos a nuestra “imagen y semejanza”, pero con fecha de expiración
programada.
Concluimos con la escena en la que el líder de los replicantes, Roy Batty se
enfrenta, y salva a Deckard, en la azotea de un rascacielos, en una noche lluviosa,
en donde pronuncia un monólogo inolvidable.
Millán era director de fotografía. Dirigió y produjo cortos. En 2018 organizó el
Festival de Cine peruano-chileno, la Cineteca Nacional del Centro Cultural del
Palacio La Moneda, en Santiago de Chile.
Colaboré con él en el diseño gráfico de los créditos de sus cortos, workshops y del
cine club que organizó en el instituto profesional donde éramos docentes.
Previo a estos hechos, tuve el privilegio, no buscado por cierto, de acompañar a
mi amiga Francesca Lombardo a realizar una de sus charlas en una Universidad
sobre la célebre Escena del Pozo, de la pequeña cámara secreta, reservada para
la elite religiosa y del poder: una de las pinturas rupestres de Lascaux.
Yo fui el encargado de la realización de su presentación PowerPoint y era su
“control remoto”. La sala estaba repleta de expectantes y ávidos, estudiantes y
profesores, de distintas carreras.
Francesca con un dominio escénico impecable, dominaba el suspenso y
administraba la información con dosis precisas de silencio y humor.
Sobre esa Escena del Pozo que ilustra con gran dramatismo el enfrentamiento
entre un hombre extático con máscara de pájaro (Chamán) y un bisonte “echando
las tripas”, atravesado por una lanza, que se pisa las entrañas, y en que, a un
costado, hay un báculo con la imagen de un pájaro tallado; se ha especulado
mucho. Una de estas especulaciones, es, que las figuras representan las
constelaciones de Tauro y de Orión.
Pero esto último no pertenecía a la charla de Francesca, cuyo foco estaba puesto
en el hecho de que bestia y hombre están muriendo: “La bestia muere como
animal y el hombre con un sistema simbólico, un lenguaje, extático, deseando”.
(Aquí la imagen del PPT mostraba un plano detalle de la pintura: el pene erecto
del hombre mientras muere. El efecto melodramático fue seguido de
onomatopeyas y luego de una ovación).
Las razones de por qué nos dejáramos de ver con Rafael, en estos últimos años,
no son las mismas que en “El vals en la distancia” de José de Escajadillo y su:
“Saluda a los muchachos y diles que un hombre tiene derecho a vivir cuando es
más hombre”.
Lo nuestro fue un asunto de óptica. La elección del objetivo y el uso de los filtros.
De pequeño hice un cuento: “El Gremio”. En mi ficción los actores eran los únicos
que podían vivir varias vidas y morir varias muertes. Mi protagonista no percibía
las películas como unidades cerradas y finitas. Para él todas eran los actos de una
sola obra, en la que la reencarnación y los dobles eran lo habitual. Una distorsión
total de los conceptos de rol e interpretación dramática.
En mi cuento, el capítulo: El Reparto (the cast), la asignación de roles, les
permitía a esos seres del Gremio, perpetuarse.
Nadie, o, a lo sumo, un amigo, ha leído este cuento, pero, algo hay de él, en la
doble muerte de Rutger Hauer, el actor que falleció el 19 de julio de 2019 a los
setenta y cinco años, y, su otra muerte, treinta y siete años atrás, interpretando a
Roy Batty en Blade Runner.
En Blade Runner los replicantes son producidos para colonizar el Espacio Exterior
y son dotados de capacidades de acuerdo a la función de su rol: obreros,
unidades de placer, guerreros. El único que ha logrado expandir su conciencia es
Roy Batty y esto, lo convierte en su líder.
Pero el actor Rutger Hauer, como uno de los miembros de El Gremio, de mí
desconocido cuento, se vale de su oficio para que el personaje de Roy Batty
persista. Recordemos las palabras del famoso monólogo (en las que Hauer pudo improvisar
y meter algunas líneas de su cosecha):
“He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de combate en llamas más allá
del hombro de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de
Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la
lluvia. Es tiempo de morir”.
Tannhäuser fue un caballero trovador (un ‘minnesanger’) que vivió en el siglo XIII
en Alemania. Peleó en las Cruzadas, y era un compositor de canciones de
amor cortesano.
En sus andanzas encontró a la mismísima Venus, diosa del amor, en el mítico
Venusberg (el Monte de Venus). Las Puertas de Tannhäuser es el Venusberg.
Arrepentido de haberse entregado a los placeres carnales con la deidad pagana,
pide la indulgencia del Papa Urbano IV.
Para que el alma de Tannhäuser se salvara, deberían brotar hojas verdes del
báculo papal. El milagro ocurre en el momento en que Tannhäuser muere en una
batalla en tierra santa.
Hauer pudo evocar al solitario y pecador Tannhäuser, en desgracia. Sus pecados
reclaman solo una salida. El actor, en pleno dominio del lenguaje, declama la
configuración precisa que en el draos de la muerte Roy Batty, inmortaliza
la interpretación.
Hoy en el funeral de mi pata Millán, me tocó llevar la manilla de su ataúd a la
altura de su oído izquierdo. (Y si el corazón está levemente inclinado del lado
izquierdo, me pregunto si: ¿el oído de ese hemisferio será el del corazón?).
Mientras sus amigos lo trasladábamos a la carroza fúnebre, me fui contándole
chismes y secretos.
Rafael, mucho más prudente que los actores de mi cuento, escucho mis líneas sin
contestar, mudo.
Santiago, 27 de julio de 2019.
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(1) Primera frase de “El largo Adiós” de Raymond Chandler.