(…) »Nunca hablo con los taxistas« , esta es la primera frase del borrador de un cuento que escribí. En las tres líneas que las suceden se fundamentan las razones, todas ellas, ancladas a décadas oscuras en que el gremio traficaba con la voz de la calle y su delación involuntaria.
A veces romper la regla reditúa: «Las carreras cortas son las que dejan».
El taxista es una mirada, no solo por el hecho de cumplir con la norma sanitaria de usar mascarilla, que yo también cumplía, sino porque el espejo retrovisor me devuelve solo ese encuadre.
Un acrílico, de montaje improvisado, separa la cabina. Su superficie es imperfecta y las deformaciones son como gotas de agua. Las irregularidades de ese filtro de lluvia coagulada contrastan con el sol y el viento cálido que entra por las ventanas abiertas, otra de las normas sanitarias.
Me compré un comic para usarlo como material de apoyo en la asignatura “Medios Masivos de Comunicación” para la carrera de Relaciones Públicas del Instituto Profesional decadente, en el que trabajo. El mismo que se especializa en tener solo últimas promociones de cátedras en cierre.
En la portada de la novela gráfica hay tres mozalbetes que están a punto de tirar escombros fuera del borde de la publicación. Dos de ellos cubren sus rostros con kufiyyasblancas de grecas negras y son, al igual que el taxista, solo miradas.
El otro, el tercero, el más joven, de cara descubierta, exaltado aprieta los dientes.
El contenido de la publicación es un reportaje gráfico narrado en primera persona.
-… parece entretenido…- comentó el taxista buscándome conversación.
-(“Harto más que estar hablando tonteras”) -pensé, y, contesté: Mucho.
Seguí ojeando el volumen y lo subí a la altura de mis ojos.
De pronto y mientras disminuía la velocidad casi hasta detener el auto le escucho decir: “¡Ese es el gringo que traje el otro día del aeropuerto!”.
Yo bajé el libro y escudriñé por las ventanas buscando al aludido.
-No señor, no está allá afuera, está en su libro.
Lo di vuelta y me encontré con la foto de un hombre que muestra el dibujo de su autorretrato. El gesto y los lentes redondos del hombre de la foto y su dibujo son idénticos (reparé en los lentes redondos… para mi cualquiera que usa lentes redondos es John Lennon… pero siempre hay una excepción que rompe la regla… el retratado no es, ni se parece a Lennon ).
La bocina de un bus nos devuelve a la ruta. Por la ventanilla diviso a la doble de Yoko Ono que nos da la espalda al entrar en una tienda de Todo a Mil.
Cuando nos acercábamos a un paso cebra no pude evitar ver al resto de la banda.
– El gringo de la foto de su libro estaba muy impresionado con Santiago. Estaba todo vacío, puros grafitis y escombros. Todo negro de hollín, semáforos rotos en el suelo, rejas retorcidas- Yo le entendía todo, pero le champurreaba en mi inglish de Tarzán y el gringo parecía que me cachaba…lo dejé en un hotel… Me dijo, igual que en las películas deletreando- “Qué-de-se con el cam-biu” – dijo “cambiu”…
Aquí todo puede suceder, capaz que Salfate invente que lo del Estallido Social y el COVID19 se lo soplaron los videntes brasileños o que lo predijo Nostradamus… ¿Y su libro de qué se trata?.
-Es un comic sobre Palestina, sobre el conflicto árabe-israelí, los refugiados, las condiciones de vida…
-¿Y el gringo que acarrié dibujo eso?-No era nada de leso…
En mi época no les decíamos comics, eran historietas y eran más grandes y flacas… tenían menos hojas… ¿Se acuerda de Mampato?
Algo le contesto mientras indago en internet: Joe Sacco estuvo en Santiago para el Estallido Social. Era uno de los invitados a una muestra de ilustradores. La producción no halló nada mejor que sumar a esa invitación a Isol, la artista argentina de libros infantiles. Un cruce de mundos editoriales imposible. Pero estamos en Chile.
El taxista trata de sintonizar una radio, el “Imagine” de Lennon nos inunda en una marea intermitente y estática como las gotas de agua falsas coaguladas en el acrílico de separación mal instalado.
-¡Plop! Caballero…llegamos a Cumpeo.
Imité a Sacco y le pagué sin sencillo.
Antes de bajarme, con la mirada chispeante y una voz opacada por la mascarilla me dijo: Ojalá que alguna vez yo vea su foto en un libro.
Ahora Arjona, ese “poeta latinoamericano del mal gusto”, última el espacio sonoro con la “Señora de las cuatro décadas” y yo pienso en una japonesa silenciosa junto a John… de sus bocas sale un bocadillo con puntos suspensivos. Desnudos, recorren la Franja de Gaza.