Ser baterista de una banda de death metal y ser psicólogo clínico del sistema público de salud chileno no parece ni complementario ni veraz, pero mi amigo Nilo es doble intérprete. Para esas disciplinas el tempo lo es todo.
Nilo era miembro de uno de los tantos Grupos de Lectura de mi amiga Francesca, la psicoanalista, la dramaturga, la griega de Ñuñoa que hablaba francés.
Era el único que le buscaba los regalos que le hacía para su cumpleaños con un cuidado extremo, obsesivo, como todo lo amoroso.
Uno de ellos: un tocadiscos rojo con vinilos de Sandro y de Jacques Brel acompañado de una calavera de silicona negra de tamaño real, emerge del estanque sedimentario del recuerdo y me mira con ese extravío con que miran los peces mientras pierden el aire y agitan sus agallas.
Yo que pesco solo por deporte para saber que aún puedo, le quito con cuidado el anzuelo y lo devuelvo a su elemento.
Solo el que haya metido los dedos en la boca de un pez entiende que todo abismo es por pauta, un pulso húmedo y retráctil.
Este es otro de sus regalos. Desde el estallido social local y el remate de la pandemia mundial de COVID-19, todo sistema trata de sobrevivir en un medio ajeno. Las consultas psicológicas presenciales son reemplazadas por las videollamadas. Para el lenguaje todo es cancha.
-Recién atendí a un paciente por videollamada. Se conectó, desde su puesto de trabajo, una feria navideña en Puente Alto. Creo que a Francesca le hubiera gustado escuchar esto. ¡Te mando un abrazo grande!
-¡Cuéntame más!- le solicité intrigado.
En el mensaje de voz posterior que desarrolla la anécdota, reflotan modos adquiridos y supervisados.
-Tengo un paciente adolescente… -me explica su diagnóstico que engrosa las estadísticas de Salud Mental del Ministerio y que se enlaza con las alarmantes cifras globales de la OMS. Patologías acuñadas en la precariedad y la marginalidad.
-«… No conocía a mi paciente, solo habíamos tenido contacto telefónico para concertar su teleconsulta. Fue muy sorprendente cuando apareció en la pantalla y nos vimos. Era como una selfie, era yo pero más joven.
El no usa lentes, tiene el pelo largo y suelto. Los dos vestíamos poleras negras estampadas con bandas de rock. Me dijo que era músico y yo le dije que yo también. Intercambiamos nombres de bandas y le recomendé algunos temas antes de entrar en la terapia. Fue una sesión muy productiva.»
Si el paciente de mi amigo lo viera tocar, sin lugar a dudas algo se encajaría en él. Ver y escuchar a Nilo en la batería es toda una experiencia.
Toca a torso desnudo. Es muy delgado. Uno no imagina que alguien con esa contextura es capaz de tal despliegue de energía.
Si el paciente-músico viera esas alas tatuadas en la espalda de Nilo podría releer la partitura, cuadrar y volver al estanque.
Dejaría de perseguir cualquier carnada y de morder cualquier anzuelo.