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Que le tocara estar haciendo el servicio militar justo cuando se produjo el golpe militar es una muestra más de “la mala cueva del chileno”.

Que le tocara patrullar su población, “la guinda de la torta”. No era una de esas tortas hechizas, pero bien intencionadas, con galletas de champaña sino una distinta y maloliente, de mierda bien espesa.

Cuando escuché la orden de allanar la casa de Rogelio Rojas supe que tenía que apagar las velas y hacerlo cantar el cumpleaños infeliz.

Al entrar, Rojas nos saluda con un gesto parco. No trata de ocultar nada. Tiene las manos entrecruzadas en la nuca (conoce bien el protocolo).

El mimeógrafo tiene puesta la matriz. Decenas de panfletos se apilan en los mesones, al lado de todos los rudimentos de un encuadernador.

Esta humilde vivienda era la biblioteca comunal (desconocíamos la existencia de una oficial y municipal). Rogelio tenía una agenda en la que anotaba los libros que prestaba. Nunca nadie los malogró o los perdió. Todos eran respetuosos y puntuales con el bibliotecario. Con él uno podía hablar de cualquier tema. Él te aclaraba cualquier duda e imprecisión. Recuerdo con claridad y eso que yo era un pendejo, eso de las tapias.

“Angelito: “Estar sordo como tapia” no quiere decir que las tapias sean unos animales sin ese sentido o sin orejas… las tapias son muros”.

El resto de la tropa confiscó los panfletos, el mimeógrafo y algunos libros de la editorial Quimantú que yo ya había leído. El resto eran libros en “blanco y negro” que nadie tocó.

Solo un ladrido llenaba el silencio concertado en el empaste negro de la noche.

Al escoltar a Rogelio al camión lleno siluetas de fantasmas anticipados, él me dice en voz baja:  “… ese es el perro del pastor ciego que arrea las tapias… al amanecer estarán pintadas con un grito que no dejará de escuchar ni el emperador de los sordos”.