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“Brigid apretó lentamente los labios contra los de él, le rodeó con los brazos y quedó entre los de él.

Y en sus brazos estaba cuando sonó el timbre de la puerta.

Con el brazo izquierdo rodeándola, Spade abrió la puerta del pasillo. Allí estaban el teniente Dundy, el detective sargento Tom Polhaus y otros dos policías de paisano.

-Hola, Tom- dijo Spade- ¿les echaste mano?

-Los pesqué-dijo Polhaus.

-Magnífico. Pasa aquí tienes a otra- dijo empujando a la muchacha hacia el detective- .  Mató a Miles.

Y tengo algunas pruebas: las pistolas del chico, una de Cairo, una estatuilla negra fue la causa de todo, y un billete de mil dólares, con el que quisieron sobornarme.”

La pandemia global, sus normas sanitarias de reclusión y distancia social, hacen de la relectura una de las formas obligadas de cuenta progresiva, su recurso manido del género de suspenso: la bomba por estallar.

Pero la penúltima página de la novela de Hammett no era la única “estatuilla negra” que motivan estas líneas. Mi columna para el blog de la Sociedad de Dibujantes Patagónicos sobre “El eternauta”, la famosa historieta argentina de Oesterheld busca el estilo que habilite su cierre. Sin duda Spade me ayudará, los dos compartimos más de una traición y un amigo asesinado.

La versión del dibujante Solano López, muestra a Juan Salvo, héroe circunstancial de la historieta, con un traje sellado y una escafandra; algo que vemos a diario en los trabajadores de la salud, en las salas de urgencias de todo el mundo y que son homenajeados con un aplauso masivo al anochecer de cada día. Juan Salvo, el hombre común, el héroe colectivo, en una situación extrema y excepcional, carga un fusil y camina cauto evitando los copos de nieve venenosa que cubren un Buenos Aires fantasmal. Si ampliamos los copos los asociamos inmediatamente con los del modelo gráfico del Coronavirus-19. Escala y muerte son la tesis de mi columna.

No solo el compromiso editorial, la imposición y resolución estilísticos pueblan el suspenso de las horas recuperadas. La voz de Marco Álvarez en su video y homenaje póstumo, que hicimos con Rodrigo, cubre el espacio sonoro de mi pequeño estudio.

Una máquina de podar, la pieza musical que mi vecino del cuarto piso trata de sacar durante meses en su piano destemplado y algún auto que pasa a lo lejos complementan el Foley de estas escenas descartadas que buscan filiación y montaje. La voz de Álvarez revela uno de sus eternos proyectos, puebla el aire de inmigrantes, documentales de los sesenta y una hipotética financiación del mismísimo gobierno chino. Desborde, delirio creativo o presagio, de la muerte próxima. De la propia, a manos de un delincuente juvenil cuyo botín fue una cámara prestada para cumplir con unas notas periodísticas de las actividades que, sin apuro, la Fundación que administraba el patrimonio cultural del poeta Huidobro, le había comisionado o de la muerte colectiva que nos diezma planetariamente.

Producto de una transmisión casual o calculada y concertada.

Los segundos previos al asesinato de Marco registrados por la cámara de seguridad del centro cultural que se repite en bucle en el reproductor de mi computadora, me permiten configurar la fisionomía del asesino. Aplico pausa, saco una captura de pantalla y abro el Photoshop.

Cuando me dispongo a procesar la imagen, un coro desafinado trae a primer plano el estribillo de “Quizás, quizás, quizás” de Los panchos. Corro levemente la cortina. La ventana estaba entreabierta. Busco el origen.

“Siempre que te pregunto
Qué cuándo, cómo y dónde
Tú siempre me respondes
Quizás, quizás, quizás”

Recorro el edificio de enfrente. La calle. Recuerdo el cameo de Hitchcock en “La Ventana Indiscreta”, pero la calle está vacía.

“Y así pasan los días
Y yo desesperando
Y tú, tú contestando
Quizás, quizás, quizás” 

Las plantas de estos jardines no esconden lo mismo que en la película. Una vecina con mascarilla y guantes pasea a su mascota. Pero esas voces me eran familiares. Fue entonces que abrí  YouTube  y puse el nombre del famoso personaje del programa infantil, seguido de “lo que no se vio”.

– Hombre ante un proyector de 16 milímetros y un telón blanco.

( El video analógico está muy deteriorado. La copia digital está subtitulada. Tiene 99.280 visitas)

– El protagonista de peluca rosada ante el personaje secundario:

¡Perfecto, ve que aprendió! ¿Y en los mamíferos cómo se llama?

…ehmm… manada.

– Vaya a buscar a GG, porque lo que quiero es que siga viendo el material… tengo más…

-Los abuelitos y todos en la casa, por favor. Déjenme mirarlos a todos para decirles que nos vemos la próxima semana – dice el hombre de peluca rosada con los brazos en alto entre el personaje secundario ahora con peluca negra afro y guitarra eléctrica y un pájaro baterista de espuma que cantan: Quizás, quizás, quizás.

Las voces del video eran las mismas que escuchaba. De improviso el sonido calzó con el movimiento de los labios de tres individuos en la ventana del mismo nivel que la de mi estudio, pero en el edificio de enfrente. El trío correspondía a los tres actores del video tan deteriorados e inestables como los del registro. Uno carecía de su ficticio y al igual que su compañero de banda tocaban instrumentos invisibles. Los de la ventana no están subtitulados.

La última vez que estuve con Marco Álvarez, me habló de dos proyectos: un cine bus itinerante, para “llevar el séptimo arte a los rincones más apartados y olvidados de nuestra loca geografía” y un proyecto de land art que consistía en quitar con pintura biodegradable parte del borde costero y devolvérselo visualmente al mar, igualando y fijando la textura de las olas en las rocas.

Caminamos cuadras eternas para “bajar” una parrillada. Le pregunté si había vuelto a actuar. Recordó a algunos compañeros de teatro de la Universidad de Chile, de cierta fama y notoriedad. Entre ellos nombró a Alcayaga, Juanito… el cartero…- “Un siete Juanito, muy buen compañero”.

El video de “Lo que no se vio” estaba rodeado de otros que contenían teorías conspirativas y cifras oficiales y no, con los infectados, muertos y recuperados. El virus, una nieve roja, una muerte fría.

Abro el Photoshop y veo la cara del asesino de Marco. Voto el archivo.

Durante todos los años en que el programa estuvo al aire, nadie especificó cuál especie había inspirado al pájaro de espuma.

Los tres actores ensayaban una rutina de una llamada falsa. Todos paseaban de un lado para otro con sus celulares. Esta vez el actor principal era el que los interrumpía:

“Estás perdiendo el tiempo
Pensando, pensando
Por lo que más tú quieras
Hasta cuándo, hasta cuándo”

La antigua banda trata de callarlo. Pero prosigue insistente:

“Y así pasan los días
Y yo desesperando
Y tú, tú contestando
Quizás, quizás, quizás”

Desesperados tapan sus celulares con sus pechos y con la mano derecha, sincronizados, hacen el gesto de silencio con sus índices parados.

Dejo de mirar y vuelvo a mi columna de “El eternauta”. Creo tener la clave para el cierre.

La ornitología. Las especies.

La rutina está llegando a su fin, antes de que el actor principal remate vociferante con el estribillo del bolero, tengo clara algunas cosas: El pájaro de espuma, al igual que la estatuilla negra del caso de Spade, son catalizadores, que el rol de los actores es intercambiable y no altera la estructura dramática, siempre que no se atente contra el ritmo; que no todo Alcayaga es poeta, y que un cartero llama más de dos veces.

Cuando puse el punto final, la fecha y mi nombre en la columna para el blog de la Sociedad de Dibujantes Patagónicos, abrí un libro de pájaros chilenos y empecé a buscar al sospechoso.

A lo lejos y en coro, los actores remataron con:

“Ay, y así pasan los días
Y yo, ay, desesperando
Y tú, tú contestando
Quizás, quizás, quizás
Quizás, quizás, quizás
Quizás, quizás, quizás”


Santiago, 5 de mayo de 2020.